domingo, 23 de abril de 2017

Dueña y Señora

Ela, yo no quería mudarme a tu apartamento en el sur. No, no era miedo al compromiso o temor alguno por aquello que la mudanza implica, más bien me preocupaba alterar aquel orden, esa sinfonía orquestada por vos en la que la dicha consiste en ocupar el perfecto no lugar. Me resulta difícil ingresar en un espacio constituido en dónde alguien vive alegremente, reflejando su capacidad de estar por fuera de los cánones: la ropa tirada por doquier, la cebolla con aspecto de pulpo, el balcón adornado con todas las herramientas necesarias para quien se dedica a la floricultura, y ese par de flores muertas, secas y olvidadas. La nevera vacía sin otra cosa que tus llaves y de nuevo, esa cebolla que aún me hace llorar.
Recuerdo cómo te alegrabas con el hallazgo fuera de lo común y de tus llaves heladas que, al interior de la nevera, aguardaban expectantes para responder alegres a la cuestión: —¿Si yo fuera una llave en dónde me escondería? —. Con que dicha celebrabas el reencuentro con aquel objeto perdido y con qué perplejidad yo atendía a esa pregunta cada vez máscomo quién escucha algún tipo de sortilegio. Mi querida Ela, puede parecer sarcasmo, pero en esa forma tuya para disponer el orden descubrí de mí un lado siempre oculto. Algo más había en esa pregunta que lanzabas con aire de pitonisa, en ese tino para saber dónde deseaba descansar cada objeto perdido; algo más había en la maternal custodia que brindabas a las cosas que mutaban en tu cocina y en esos cadáveres florales que se asomaban con algo de nostalgia por tu balcón: las costumbres, Ela, “…son formas concretas del ritmo, son la cuota de ritmo que nos ayuda a vivir.” 
Mis intervenciones en tu espacio siempre fueron pequeñas. Nunca logré siquiera imaginarme la proeza de retirar todo el polvo, deshacerme de las flores en el balcón o tender la cama, sin desafiar primero una serie de temores con tintes judiciales. Nunca quise por algún atrevimiento desajustar algo dispuesto por la galaxia, echarme a cuestas alguna especie de karma inexorable o teñirlo todo con un juicio que no es cierto: jamás condenaría eso que para vos es más que una alternativa al orden.
Sin embargo, con el tiempo fue inevitable y empecé a sentir que aún sin quererlo era inevitable alterar tu universo. No sabes cuan doloroso me resultaba el impulso de llevar el vaso recién usado a tu cocina, y con qué arrepentimiento pasaba la esponja cubierta de jabón sobre la losa acuartelada en el lavaplatos; no menos me dolía colocar todo, luego de secarlo, en el cajón de la alacena diseñado para contenerlo. Esa rutina, inescrutable para mí, era semejante a aquello que sugeriste un día cuando te pregunté por qué no opinabas sobre lo que escribía: —porque es como poner esos sellos de animales que dan en los jardines infantiles sobre cada pieza de la obra de Monet—, sentenciaste. Algo exagerado, pensé, pero ahora comprendo.
Durante el fin de semana me perdí en esa forma tuya, y por varias horas me encontré como los objetos de tu casa, extraviada entre las sábanas. Hicimos el amor por tanto tiempo que sentí que el reloj le regaló horas al día para evitarnos asuntos pendientes. Poco nos bañamos y sólo le dimos tregua a esa lucha que instauramos cuerpo a cuerpo, cuando el hambre se hizo insoportable y tuvimos que salir del cuarto para recibir al domiciliario. Permanecimos desnudas, acaloradas y poco a poco nos confundimos entre objetos que aparecían y jamás habíamos visto, claro está, todo, incluso nosotras, terminó sobre el suelo siguiendo la ruta que vos has dispuesto para el orden. Llegué a sentirme tan acoplada con todo aquello, que no pensé tener hoy el impulso que me llenó justo después de que cruzaras la puerta rumbo a tu trabajo.  Jamás lo había hecho antes, y menos de esta magnitud. De niña no se me permitió nunca empuñar elemento alguno para la realización de la limpieza, apenas hace poco empecé a ocuparme de esos quehaceres, pero estaba todo limitado al perímetro que comprende mi habitación. Tampoco me sentí jamás agredida por el desorden, déjame invitarte a mi casa y podrás constatar que no te miento. Aquello no fue un impulso proveniente de alguna molestia, todo lo contrario, era simplemente que vos acababas de salir a trabajar y yo me quedaba ahí, al frente de todo, dueña y señora de tu casa. Justo al despedirnos, luego de prepararte el desayuno y rondarte desnuda y excitada mientras te alistabas, luego de cerrar la puerta, no puede evitar fantasear con tu rostro de satisfacción al regresar del trabajo y encontrarlo todo en su lugar, no como vos lo preferís sino dentro de lo regular: limpieza absoluta. No hace mucho terminé. Está todo limpio: lavé los baños, sacudí los pocos muebles, descubrí algo de control en tus armarios, doblé la ropa y dejé todo en los cajones, las blusas a un lado, los pantalones al otro y la ropa interior está organizada en una caja bordada que vos no usabas. Lavé los baños, la cocina, metí la mano en cada agujero de tu casa y todo iba bien hasta que abrí la nevera. Allí estaba la cebolla ¿Recuerdas la cebolla cabezona? ¿La que en algunas ocasiones llamamos Hipólita? Sí, la cebolla morada que empezó como cualquier cebolla y con el tiempo tomó la forma de una de esas cabezas reducidas que comerciaba Mr. Rolston. Cogí la cebolla entre mis manos y no contenta con la decisión de lanzarla a la basura antes de hacerlo le arranqué esos tentáculos que con los meses de vivir en la nevera le salieron; le crecieron tan profusamente que nos hacían reír cada que al abrir la puerta descubríamos allí a aquella cebolla, tímida y sola, a la espera de ser consumida en alguna salsa. Yo simplemente arrojé tu cebolla a la basura.
Te escribo porque temo que veas en esta acción alguna insinuación o alguna manera de cuestionar tu especial forma de ser. He sacado mis cosas de tu cuarto y no sé cómo, pero pese a la profunda limpieza no logré encontrar la ropa interior con la que estuvimos jugando la otra noche. Espero que cuando leas esta carta logres comprender. En un esfuerzo vano por reconstruirlo todo, dejé sobre el mesón de la cocina los platos sucios del desayuno. Ahora imagino tu cara y casi puedo creer que preferirías leer que todo esto es culpa de los conejitos que me salen de la boca.

2013-2020



                                                                                          X Concurso Literario Bonaventuriano, 2014

Eduviges Rincón

La tomó contra el suelo y sin mayor preámbulo introdujo su sexo una y otra vez con fuerza. Ella no pudo hacer demasiado, no gritó y pese al horror de aquel encuentro -en medio de todo -tuvo tiempo para pensar en el diagnóstico del oncólogo. Ya tenía sus años y había hecho en su vida todo lo que había soñado. Esa tarde se dirigía a visitar la tumba de su esposo para contarle que en poco tiempo estarían juntos nuevamente: su cáncer era voraz y avanzado. Rumbo al cementerio y pese a las recomendaciones, tomó la ruta próxima al callejón  hasta donde aquel hombre la arrastró. Aún contra los pronósticos, el cáncer no mató a Eduviges.



                                                                                             X Concurso Literario Bonaventuriano, 2014

El Carpintero del Caguán

José -el carpintero- lloraba al pie de las tumbas; con tanta fosa común se había quedado sin empleo.

Revista El Clavo, 2015

Las Palabras no Hacen el Amor

Darlyn dijo abrazo y él permaneció de frente con el cuerpo intacto, sin el roce de los latidos y con los brazos parcos; Darlyn dijo beso: todo se quedó en silencio, los labios secos y la lengua blanca; Darlyn dijo amor y un algo turbio en el espejo preguntó: “espejito, espejito ¿Quién es el más bonito?”


X Concurso Literario Bonaventuriano, 2014

Sesenta Segundos en el Paraíso

Eva, sentada al pie de un árbol acarició uno de sus frutos. Desnuda y enrojecida la manzana, dejó que Eva oteara sus rincones diminutos y ricos. Pero el fruto, aún prendido del árbol, fue relegado por la presencia de Adán. Un minuto más tarde, el primer hombre, sudoroso y satisfecho, deshabitó el cuerpo de Eva. Avergonzado le obsequió la manzana y ambas, aún inconformes y con su primer encuentro vivo, gestaron las expulsiones y los paraísos.


Sensaciones y sentidos II, 2015

Taxonomía Incruenta

Aurora era alargada, longilínea y de presencia ineluctable. Frente a ella me desdoblaba y éramos dos veces Aurora.  Muy temprano empecé a imitar su mística movilidad, esa suerte de hechizo que lanzaba con tan sólo respirar. Ella, se reía de mí e ignoraba los reproches de mamá puliendo mi temprana exploración. “Ya se te pasará”. Pero los años transcurrieron y poco a poco Aurora dejó de ser un simple modelo a seguir y  fue un espejo en el cual podía verme, tal cual era en realidad.

Empecé descubriéndome los hombros, el ombligo y un poco las piernas, pero no dejé de notar que aun sabiéndome idéntico a Aurora no causaba el mismo efecto. Ella me miraba con una compasión que fue haciéndose dolorosa y motivo de alejamiento, pero aun cuando nos hicimos ajenos, ella no dejó de ser la sangre en que me veía reflejado.
Sin Aurora, pronto me lancé a la calle. Los pocos amigos que hice, los conseguí gracias al hábito de mascar chicle que ella me heredó. Como no había dinero para comprar golosinas,  empecé a tomar los que la gente dejaba sobre el suelo. Las muchachas de la esquina se reían de mí y me daban grandes bolas de chicle, rellenas de mierda y mugre. Jamás les dije nada, me las metía a la boca y fingía complacencia porque sólo ellas me dirigían la palabra. De grandes fueron mis amigas, me daban su ropa y medias viejas para llenarme el busto que crecía, conforme el de ellas se inflaba. Dejaron de llamarme Cristian y me dijeron Cris, pero siempre preferí llamarme Peri Rossi, eso porque lo leí en algún libro de Godoy, el negro pícaro de la esquina movimentaria.

La última noche de mi vida pensé mucho en aquello que Aurora provocaba con tan sólo descubrirse el hombro, ¿Qué había en ello que yo no lograba? Apenas conseguí la firme mirada de Godoy, pero ese miraba igual todo aquello que se le pasara por el frente, llámese perro, Cris, Cristian o Peri Rosi. Esa noche me paré en la calle, me alcé la falda y descubrí el sexo que las chicas habían bautizado como, “Cris, el descomunal”. Por primera vez fui observado con esa mirada inquisitoria que recibía Aurora, aunque la gracia me valió varios tiros de la limpieza social.



Publicado en Revista El Mango, 2015
 Aurora, aunque la gracia me valió varios tiros de la limpieza
social.

Sobre el Lenguaje y la Historia

Tendido sobre la lona presencia del vencido su nacimiento
Con la boca atiborrada de sangre
Con los nudillos deshechos
Con toda las apuestas en contra,
Protagoniza el silencio

Sobre la lona pare el vencedor la cuna del vencido
Con el rostro deshecho
Y cubierto de sangre
Con todo a favor,
Protagoniza el silencio

Sobre la hoja llora quien vive el adiós de sus muertos
Sobre la hoja remedia el villano sus desaciertos
Sobre la hoja crece el pequeño y miente el bueno
Sobre la hoja crea  el cronista
Sobre la hoja nace la bestia medieval: el indio americano.
Sobre la hoja se funda el poder del cruel
Y se niega el pudor del desnudo.

Publicado en Revista Electrónica Liber. Septiembre, 2016

La Tabla Armónica

No, no es el piano
No son las manos sobre el piano
No es ese diálogo estruendoso,
Mezcla de sincronía y silencio.

No, no es la imposibilidad de huir
No es la búsqueda inoficiosa
Es el artefacto que devoró el piano
Es la mecánica que consumió al pianista.

No, no es la tabla armónica privándonos de la soledad
No es nada,
Es la música que se ve pero no se oye
Es la diacronía que me dispersa,
Y llega como puñalada
No, no es nada
Soy yo que no quiero oír.

Publicado en Revista Electrónica Liber. Septiembre, 2016

sábado, 22 de abril de 2017

Entre Espectros y Prisiones

El espejo
El mundo se define en la confrontación.
 La visión del otro
El nacimiento de un cruel antagonismo.
La omisión y el silencio, son instrumentos creación y tortura.
La lengua es un órgano de bendición y castigo.
El árbol no es el árbol, no siembra, no florece.
Decir árbol cien veces no revive la Amazonía.

El recuerdo
La soledad sucumbe en el silencio
Vos nunca estás en la foto aunque tu rostro me observa.
La soledad es hogar del engaño
La vieja casa contiene el aliento:
Los muebles siempre deshabitados,
Las persianas siempre parpadeantes
Y la habitación intacta.
La foto está vacía,
Me vigila con sus ojos de panóptico.
Regresamos por la ruta del desvío,
Cada vez más breve el retorno por la fuerza de la costumbre.
La soledad es aullido de lobo y orgia de gatos.
 La soledad, cálido refugio del engaño.
Decirlo todo, callarlo todo, lo mismo da.

La voz y lo dicho
 Qué difícil toparse con la razón de escribir,
Todavía viva y tan delimitada, tan fácil de decir,
Sin ninguna muerte a cuestas
Y sin ninguna vida por venir.

Entre las mujeres y el sexo,
Un par de letras,
Las charlas estúpidas,
La cara fea,
El cuerpo masculino
Y la fuerza indecible.
Como quisiera volver a la cajita, pero escribir con tanto de adentro que al hacerlo se me rasgara la hoja.



Publicado en Revista Electrónica Liber. Septiembre, 2016

Tres Motivos


El lapicito está muerto y triste. Nunca comprendí por qué lo llamaste así. La mañana del viernes pasado me levanté con algo de dolor en la entrepierna y cuando fui al baño lo saqué y allí estaba. El lápiz se veía enorme, rojo y bravo: como un toro feroz en la arena. Asustado lo guardé tan pronto terminé de orinar y regresé al cuarto. Me desnudé por completo y me paré frente al espejo. Allí estaba: monumental, erecto e irreconocible. Pienso que ciertas partes, aunque parezcan chicas, son enormes en su contexto: yo soy un hombre pequeño, mis músculos están bien definidos pero sé que no soy grande y por eso el nuevo lápiz se veía espeluznante. Quizá en el cuerpo de un hombre más embarnecido se vería bien. Me senté al pie de la cama y recordé tus teticas de perra lactante. Tu cuerpo frágil y delgado que me permite – aun siendo un hombre pequeño – verme como tu gigante protector. Recordé tu sexo mínimo y estrecho; tu sexo de niña eterna y virgen. Recordé el dolor que padeces cuando lápiz y yo te abordábamos y pensé que no podrías soportar sus nuevas dimensiones. Es posible dañarte y maltratarte toda. Concluí que si era un lapicito – como tú misma lo bautizaste – había que tratarlo como tal para que se consumiera, perdiera volumen y regresara a su tamaño original.

Siempre aborrecí que compararas el acto sexual con sacar punta y que llamaras al Maestro Roshi, el lápiz. No quiero parecer estúpido, pero tu metáfora vana fue en ese momento mi única respuesta: debía tajar el lápiz. Así que salí del cuarto, bañado en sudor por los nervios que provocaba la medida a ejecutar. Me topé con tu hermana: me la follé. Salí como pude de sus garras y en la calle vi a tu vecina: me la follé. Llegué a la oficina, oloroso e impresentable. Hablé unos segundos con mi jefa: me la follé. Siempre explicabas aquello del lápiz con esas cosas poéticas y pendejadas; cosas sobre un algo que yo dejaba escrito dentro de ti. Ahora no lo recuerdo claramente, pero esa cursilería y el hecho de que no comprendieras encontrarme desnudo en nuestra cama y al lado de tu madre, es lo que me ha motivado a escribirte e intentar explicarte – aunque suene raro – que todo lo hice por amor.



Horario estelar

Creo que es momento de terminar lo nuestro. No tuve que pensarlo demasiado y no es falta de amor. Oye bonita, ese viernes en que hice la cena a la que no llegaste por culpa de esa reunión inesperada con tu jefe, me quedé sentado largo tiempo en silencio. A las 8 en punto encendí la televisión: esa bacanal de pura mierda. Apenas terminaba A Mano Alzada, esa serie en dónde unos estudiantes de dibujo solucionan todas sus disputas voleando lápiz. ¿La recuerdas? A veces ves los capítulos mientras yo te saboreo como te gusta. Cuando terminó, empezó el capítulo final de Dios Me Dé: inesperado capítulo. Pues te cuento que nuestro músico predilecto, ese que escribió letras de un ritmo hermoso e inolvidable y el mismo que sonó cada vez que bailamos para enamoraros más, mató a Rosa. Era un artista convencional, periquero hasta los picos e inexplicablemente un asesino. La vida de nuestro ídolo me hizo reflexionar sobre lo nuestro. ¿Qué puedo brindarte cuándo ni siquiera he logrado decirte que te amo usando mis propias palabras? ¿Qué puedo ofrecer si cada cosa te la dije parafraseando al asesino de Rosa? Mis maletas ya están hechas y hace unos segundos llamé al taxi. No es importante decir para dónde voy, pero antes quisiera darte un consejo: cuando un hombre te hable bonito, acuérdate de Dios Me Dé y no le creas.



Lápiz labial

Para empezar debemos despedir a Magola. Siempre te dije que esa mujer es incompetente y está muy vieja. Estoy harto de verla transitar por la casa provocando trancones en cada esquina y en todo momento. Me molesta su cara cubierta de arrugas y sueños sin cumplir. ¿Lápiz labial en la camisa? Parece el título de una canción muy barata y de poca imaginación. La mancha debe llevar meses en la camisa y es muestra impajaritable de cuan ineficiente es el trabajo de Magola. Le he dicho que lave mi ropa a mano, pero insiste en echarla toda y sin clasificación previa a la lavadora. Esa mancha de lápiz labial debe llevar casi seis meses en ese cuello: es la huella de la última visita de tus labios. Es una evidencia arqueológica: pues, dime tú, ¿hace cuánto que no follamos?



Publicado en ViceVersa. 7 de febrero del 2016