Ela, yo no
quería mudarme a tu
apartamento en el sur. No, no era miedo al compromiso o temor alguno por
aquello que la mudanza implica, más bien me preocupaba alterar aquel orden, esa
sinfonía orquestada por vos en la que la dicha consiste en ocupar el perfecto no lugar. Me
resulta difícil ingresar en un espacio constituido en dónde alguien vive
alegremente, reflejando su capacidad de estar por fuera de los cánones: la ropa
tirada por doquier, la cebolla
con
aspecto de pulpo, el balcón adornado con todas las herramientas necesarias para
quien se dedica a la floricultura, y ese par de flores muertas, secas y
olvidadas. La nevera vacía sin otra cosa que tus llaves y de nuevo, esa cebolla
que aún me hace llorar.
Recuerdo cómo te alegrabas con el
hallazgo fuera de lo común y de tus llaves heladas que, al interior de la nevera, aguardaban expectantes para responder alegres
a la cuestión: —¿Si
yo fuera una llave en dónde me escondería? —. Con que dicha celebrabas el
reencuentro con aquel objeto perdido y con qué perplejidad yo atendía a esa pregunta
—cada
vez más—como
quién escucha algún tipo
de sortilegio. Mi querida Ela, puede parecer sarcasmo, pero en esa
forma tuya para disponer el orden descubrí de mí un lado siempre oculto. Algo más había en esa
pregunta que lanzabas con aire de pitonisa, en ese tino para saber dónde
deseaba descansar cada
objeto perdido; algo más había en la maternal custodia que brindabas a las cosas
que mutaban en tu cocina y en esos cadáveres florales que se asomaban con algo
de nostalgia por tu balcón: las costumbres, Ela, “…son formas concretas del
ritmo, son la cuota de ritmo que nos ayuda a vivir.”
Mis
intervenciones en tu espacio siempre fueron pequeñas. Nunca logré siquiera
imaginarme la proeza de retirar todo el polvo, deshacerme de las flores en el
balcón o tender la cama, sin desafiar primero una serie de temores con tintes
judiciales. Nunca quise por algún atrevimiento desajustar algo dispuesto por la
galaxia, echarme a cuestas alguna
especie de karma inexorable o teñirlo todo con un juicio que no
es cierto: jamás condenaría eso que para vos es más que una alternativa al
orden.
Sin
embargo, con el tiempo fue inevitable y empecé a sentir que aún sin quererlo
era inevitable alterar tu universo. No sabes cuan doloroso me resultaba el
impulso de llevar el vaso recién usado a tu cocina, y con qué arrepentimiento
pasaba la esponja cubierta de jabón sobre la losa acuartelada en el lavaplatos; no menos
me dolía colocar todo, luego de secarlo, en el cajón de la alacena diseñado
para contenerlo. Esa rutina, inescrutable para mí, era semejante a aquello que
sugeriste un día cuando te pregunté por qué no opinabas sobre lo que
escribía: —porque es como poner
esos sellos de animales que dan en los jardines infantiles sobre cada pieza de
la obra de Monet—,
sentenciaste. Algo exagerado, pensé, pero ahora comprendo.
Durante el fin
de semana me perdí en esa
forma tuya, y por varias horas me encontré como los objetos de tu casa,
extraviada entre las sábanas. Hicimos el amor por tanto tiempo que sentí que el
reloj le regaló horas al día para evitarnos asuntos pendientes. Poco nos
bañamos y sólo le dimos tregua a esa lucha que instauramos cuerpo a cuerpo, cuando
el hambre se hizo insoportable y tuvimos que salir del cuarto para recibir al
domiciliario. Permanecimos desnudas, acaloradas
y poco a poco nos
confundimos entre objetos que aparecían y jamás habíamos visto, claro está,
todo, incluso nosotras, terminó sobre el suelo siguiendo la ruta que vos has
dispuesto para el orden. Llegué a sentirme tan acoplada con
todo aquello, que no
pensé tener hoy el impulso que me llenó justo después de
que cruzaras la puerta rumbo a tu trabajo.
Jamás lo había hecho antes, y menos de esta magnitud. De niña no se
me permitió nunca empuñar elemento alguno para la realización de la limpieza,
apenas hace poco empecé a ocuparme de esos quehaceres, pero estaba todo
limitado al perímetro que comprende mi habitación. Tampoco me sentí jamás
agredida por el desorden, déjame invitarte a mi casa y podrás constatar que no
te miento. Aquello no fue un impulso proveniente de alguna molestia, todo lo
contrario, era simplemente que vos acababas de salir a trabajar y yo me quedaba ahí, al frente de
todo, dueña y señora de tu casa. Justo al despedirnos, luego de
prepararte el desayuno y rondarte desnuda y excitada mientras te alistabas,
luego de cerrar la puerta, no puede evitar fantasear con tu rostro de
satisfacción al regresar del trabajo y encontrarlo todo en su lugar, no como
vos lo preferís sino dentro de lo regular: limpieza absoluta. No hace mucho
terminé. Está todo limpio:
lavé los baños, sacudí los pocos muebles, descubrí algo de control en tus
armarios, doblé la ropa y dejé todo en los cajones, las
blusas a un lado, los pantalones al otro y la ropa interior está organizada en una caja bordada
que vos no usabas. Lavé los baños, la cocina, metí la mano en cada agujero de
tu casa y todo iba bien hasta que
abrí la nevera. Allí estaba la cebolla ¿Recuerdas la
cebolla cabezona? ¿La que en algunas ocasiones llamamos Hipólita? Sí, la
cebolla morada que empezó como cualquier cebolla y con el tiempo tomó la forma
de una de esas cabezas reducidas que comerciaba Mr. Rolston.
Cogí la cebolla entre mis manos y no contenta con la decisión de lanzarla a la
basura —antes
de hacerlo—
le arranqué esos tentáculos que con los meses de vivir en la nevera le
salieron; le crecieron tan profusamente que nos hacían reír cada que al abrir la
puerta descubríamos allí a aquella cebolla, tímida y sola, a la espera de ser
consumida en alguna salsa. Yo simplemente arrojé tu cebolla a la basura.
Te escribo
porque temo que veas en esta acción alguna insinuación o alguna manera de cuestionar tu
especial forma de
ser. He sacado mis cosas de tu cuarto y no sé cómo, pero pese a la
profunda limpieza no logré encontrar la ropa interior con la que
estuvimos jugando la otra noche. Espero que cuando leas esta
carta logres comprender. En un esfuerzo vano por reconstruirlo todo, dejé sobre
el mesón de la cocina los platos sucios del desayuno. Ahora imagino tu cara y
casi puedo creer que preferirías leer que todo esto es culpa de los conejitos que me salen de la boca.
2013-2020