viernes, 20 de marzo de 2020

El Cuerpo y la Mujer que Corren Juntos


"Soy una de esas personas que odiáis por su genética. Es la verdad"

Mokgadi Caster Semenya


Es cierto, nunca la feminidad fue mi fuerte, lo sé. Todavía el expurgo de la multitud que susurra en el autobús cuando exhibo mis atributos: mis hombros torneados y mi cara “ambigua”, me recuerda el apodo que de niña me gritaban mis pares: ¡hombre! Por eso aprendí y dejé de molestarme temprano, cuando para dirigirse a mí en la calle y por error me llamaron muchacho, y aunque todavía agradezco que me llamen así y no “señor”, no deja de resultarme molesta la risa cómplice que se desata tras la aclaración: “¡perdón señorita!” Como si ambos quedáramos al descubierto frente a lo que conozco desde siempre.

En una sociedad que calca su realidad de las ficciones televisivas, al punto de elegir a sus gobernantes entre la franja cómica y el reality show, no es fácil llevar a todas partes un modelo no televisado. Es increíble cómo el cuerpo es moldeado por la observación y el deber. Tener un cuerpo de mujer implica una estricta hora de llegada y salida, una geometría de movimientos, con explícitos ángulos delimitados minuciosamente en su espacio y tiempo. Pese a todo ese entramado de reglas corporales, de no se siente así que parece un macho, no se mueva demasiado porque suda o no abra las piernas que se le ve todo, encontré la respuesta justo ahí, dentro de mi propio cuerpo; y sí, para evitar el malentendido que supone “tener algo dentro”, o el dramatismo en que puedo incurrir con lo que sigue, me adelanto y les informo que corrí como Forrest.

Empecé a correr cuando tenía 6 años. Debuté en la manzana de mi casa: cuatro cuadras de soledad, una razón válida para atravesar las barreras del control materno, y un montón de niños que me despreciaban corriendo tras de mí: ¡lentos! Correr fue un hallazgo tardío, aunque empecé temprano, entiendan.  En principio fue una inexplicable pero depurada técnica, una exacta combinación de brazos y piernas; luego, aprender a respirar y pensar, y más tarde de lo que hubiera preferido, entender que con la velocidad cambié el cuerpo de mujer por la máquina. Por su puesto, lo que en principio no fue claro para mí, para otros ya era un dictamen médico, un perfil psicológico o un motivo de exorcismo. Mi cuerpo grande y fuerte fue condenado pronto por su virtud.

Siempre se esperó algo del cuerpo femenino y no hay que ir muy lejos para comprender, basta comparar las miradas sobre El nacimiento de Venus, Gioconda, Las meninas, Brigitte Bardot, Marylin, Sofía, Beatriz Pinzón y Urrutia o Caster Semenya. El músculo femenino no es preciado (ha sido aborrecido) y tiene dentro del cuerpo una geografía asignada: zonas de tolerancia; es así como se le permite asistir a la extremidad inferior: una buena pierna siempre se le perdona a la mujer, así sea sólo una; también el glúteo, ¿Por qué no? No así el bíceps, el tríceps y ni pensar el trapecio; están por definirse el espesor apropiado para la espalda y el abdomen; se atribuye musculatura viperina en la lengua y hoy se agradece algo de hipertrofia en el cacumen.  Curioso, si uno se fija entonces, al músculo femenino se le cedió el dominio de la zona sur, donde residen la maternidad y los pies sobre la tierra; al hombre, por otra parte, se le entregó el hemisferio norte, se le agradecen los brazos fuertes y por supuesto, el control sobre la cabeza (la razón), aunque continúa tramitando visa para pensar por fuera de sus dominios.

Por eso no fue sorpresa que en la adolescencia correr se convirtiera en un aparente motivo para pedir perdón, a ellos porque la fuerza de una mujer es brusquedad; y a ellas, nunca entendí por qué, porque ellas se esforzaron poco quizá o porque interpretaban lo que la genética y el trabajo me obsequiaron como un desbalance a lo natural.  Lo cierto es que mientras mi cuerpo asistía al tribunal de la mirada, yo aprendía en la pista la enorme conciencia material que te deja la carrera —a veces más la larga que la corta— cosa que sólo reconocí otra vez en la enfermedad, aunque hubiera preferido reconocerlo en el sexo: pasamos días enteros sin atender a las voces del cuerpo, que poco vemos nuestras manos, que desconocido es para nosotros el yo posterior y que raro es el proceso que convierte a las entrañas en ajenas, aunque sean tan nuestras como los ojos.  Toda la conciencia se vuelca sobre el rostro que nos distingue y regulariza, pero cada paso que se da sobre el suelo para avanzar retumba y penetra para llevarnos hasta la letanía. Cuando se corre, se reconoce cada parte de uno sin necesidad de ver, lo que le distingue de la enfermedad, le salva del diagnóstico y le deja en manos del viento.

Quien aprende a correr llega a refugiarse en la carrera como en la oración.  Todavía no conozco un reto más sensato que el de perseguir la propia sombra cuando la luz le permite retarme sobre la pista, para enfermarme luego, para olvidar las nociones y convertir el cuerpo en lo que de verdad es, no la prisión, no la máquina, sin duda sí el espectro que es toda palabra y para mí, especialmente, parte de la mujer que prefiero ser.

Corriendo distancias cortas experimenté la dimensión del instante, y corriendo largas distancias entendí que el cuerpo es un proyecto programado para la obsolescencia: condenado a desaparecer aún contra nuestra voluntad. Ni el músculo masculino ni el femenino logran la fortaleza suficiente para salvarlo de su destino, pero nada como correr para alcanzar la eternidad.


 Publicado en: "El Arte de Tachar: Taller de Escritura Comfandi". 2019. p, 13-16